La agricultura y el control de plagas de insectos. Una perspectiva alejada del antropocentrismo
Desde sus inicios, la evolución de la especie humana estuvo íntimamente ligada al medio natural en el que se desarrollaba su vida. Esta interacción con el entorno aportó al ser humano suficiente conocimiento empírico de su hábitat como para procurarse alimentos, mayoritariamente vegetales, base de su subsistencia. Durante el extenso periodo Paleolítico, las sociedades humanas eran básicamente recolectoras. Según John Zerzan en El Futuro Primitivo, antes de la invención de la agricultura, la existencia humana estaba basada en el ocio, en la interacción con la naturaleza, en la sabiduría sensual y en la igualdad entre sexos, donde se recolectaban alimentos que se compartían y repartían. Sin embargo, a finales del Paleolítico Superior, hace aproximadamente 15.000 años, aparece otra actividad humana, la caza, y comienza a observarse en algunos grupos humanos una recolección de plantas más especializada. Esto, junto a la aparición de actividades simbólicas (artísticas y rituales), marca el origen de la transición hacia la “civilización” como hoy en día la conocemos.
Naturaleza domesticada
El inicio de la cultura simbólica, transformada por su necesidad de manipular y de dominar, abrió la vía a la domesticación de la naturaleza. Durante el Neolítico, hace 10.000 años, el ser humano comenzó la actividad agraria, sembrando y cultivando algunas hierbas, raíces y arbustos.
En contraste con los humanos recolectores del Paleolítico que se alimentaban de varios miles de plantas diferentes y compartían los recursos, la agricultura redujo notablemente las fuentes de aprovisionamiento de los humanos del Neolítico. Este hecho dio como resultado la aparición del sentido de la propiedad, la creciente división de trabajo, el establecimiento de una jerarquía social y el inicio de la destrucción de la naturaleza.
Después de dos millones de años de vida humana respetando el medio natural y en equilibrio con otras especies, la agricultura modificó toda nuestra existencia, nuestra manera de vivir y nuestro entorno. Vista la actividad agraria desde esta perspectiva dominante y exigente con el medio ambiente, alejada del antropocentrismo habitual, nos podemos entonces preguntar: ¿Por qué la agricultura ha triunfado y sigue practicándose en nuestros días?
La respuesta inmediata a esta pregunta sería de nuevo antropocentrista, esto es, la explotación de plantas y animales permite alimentar a la especie humana en creciente expansión. Sin embargo, según el Primer Informe de la FAO sobre el hambre en el mundo, más de 800 millones de personas padecen hambre o desnutrición por lo que, con este argumento, no queda justificada su práctica.
Según Zerzan (El Futuro Primitivo) el triunfo de la agricultura se debe a que implica dominación y continuamente genera y exige su reforzamiento, es decir, la voluntad de producir ha sido más productiva cuanto más se ejercita eficazmente. Sea como fuere, desde hace muchos miles de años, la agricultura ha tenido implicaciones sociales y ambientales en nuestra existencia, y es una actividad creciente en nuestros días.
Es evidente que su práctica ha inducido un cambio en la composición de los ecosistemas naturales, sustituyendo especies vegetales autóctonas por otras alóctonas, alterando el flujo de materia y energía propia de los ecosistemas sin perturbar. Esto ha provocado el incremento de algunas especies más generalistas, que denominamos plagas, y que se adaptan y proliferan por la presencia de un recurso trófico abundante al que llamamos cultivo
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La plaga como amenaza
El concepto de plaga tiene, de nuevo, un sentido marcadamente antropocéntrico puesto que se aplica a todo aquello que produce daño al ser humano (Selfa y Anento, 1997), estableciéndose umbrales, generalmente de tipo económico, por encima de los cuales la población se considera perjudicial, por lo que entonces “plaga es todo lo que el ser humano considera que sea plaga” (Rey, 1976). Según la FAO, plaga es toda aquella “especie, raza o biotopo vegetal o animal o agente patógeno dañino para las plantas o productos vegetales”.
Desde este punto de vista, la propia humanidad constituye una plaga (figura 2), ya que altera y extingue la Biodiversidad y amenaza con la destrucción de la biosfera, e incluso, de su propia supervivencia (Rey, 1976).
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A pesar de que plaga puede ser cualquier especie animal o vegetal, el concepto se asocia casi exclusivamente a los insectos (figura 3).
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Esto puede deberse a que en todos los ecosistemas, incluidos los agrícolas, las cadenas tróficas que comprenden plantas verdes, insectos herbívoros e insectos parasitoides, representan aproximadamente la mitad de la biodiversidad de metazoos (Strong, et al, 1984; Price, 1980), lo que hace de los insectos uno de los grupos zoológicos más diversos y mejor representado de nuestro planeta.
Si analizamos más detenidamente la aparición del fenómeno plaga, existen variables que regulan sus poblaciones, estas son, el potencial biótico (capacidad reproductiva de una especie) y la resistencia del medio (factores abióticos que disminuyen la capacidad reproductiva). La relación entre ellas nos indicará la abundancia poblacional de una especie dada. Cuando la resistencia del medio disminuye, se incrementa el potencial biótico y con él la abundancia de insecto, apareciendo la plaga (figura 4) (Barrientos, 1997; Selfa y Aneto, 1997).
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Han sido muchos los métodos usados para el control de plagas, los más antiguos y simples son los mecánicos, donde el impacto ambiental era prácticamente nulo. Estas técnicas se basaban en disminuir el potencial biótico de la especie aumentando la resistencia del medio de forma manual, destruyendo huevos, larvas o plantas ya infestadas. En ciertos casos, como en pequeños cultivos, el control mecánico puede aplicarse con relativa eficiencia, sin embargo, en cultivos extensivos los métodos mecánicos están desechados, siendo los agentes químicos los más extendidos.
Los productos químicos de síntesis, llamados plaguicidas o insecticidas, son los más usados (figura 5 y 6), algunos de ellos como el DDT, fueron prohibidos hace ya varias décadas por su persistencia en el medio.
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Es evidente que la utilización masiva de estos productos podría producir la extinción de especies, y con ella, una pérdida irreversible de biodiversidad. El balance entre control de plagas con insecticidas de síntesis y el deterioro ambiental se inclina hacia el segundo término, esto es, mientras que la disminución de las plagas no es progresiva de un año a otro, la pérdida de biodiversidad sí lo es, esto podría deberse a la resistencia que algunas especies desarrollan ante el plaguicida.
Polémico uso de insecticidas
Esta degradación ambiental que supone el uso de insecticidas de síntesis ya fue denunciada por Rachel Carson en su libro Primavera silenciosa. Desde entonces no ha cesado la polémica a cerca de estos productos, abordándose estudios sobre su uso y su toxicidad que permitan establecer el modo de aplicación más óptimo y menos agresivo para el entorno. Surgió entonces el concepto de “lucha dirigida” que consiste en el conocimiento de la evolución de las plagas y en la determinación del momento más idóneo de aplicación del producto químico. Esto permitió reducir la cantidad de plaguicida y con ello disminuir el impacto ambiental y económico. Aunque la lucha dirigida supone un gran adelanto, no elimina todos los inconvenientes de la utilización de los productos fitosanitarios.
Se comenzó a hablar entonces de la “lucha integrada” que considera el fenómeno plaga dentro de un contexto ecológico amplio (Vives de Quadras, 1988). Según la Organización Internacional de Lucha Biológica (O.I.L.B) se entiende como “lucha integrada” aquella que pretende el control de organismos “nocivos”, utilizando métodos que minimicen tanto el impacto ambiental como el gasto económico que se deriva de un tratamiento masivo con plaguicidas convencionales.
La adopción de este método de lucha pretende, por tanto, integrar todos los métodos posibles para reducir el deterioro ambiental, controlando únicamente la proliferación de las especies que dañan los cultivos, sin que el tratamiento empleado afecte al resto de la fauna de artrópodos, entre las que podrían encontrarse insectos beneficiosos tales como los polinizadores o incluso los propios enemigos naturales (depredadores y parásitos) de las plagas que pretendemos controlar.
La estrategia para la lucha integrada con insecticidas biorracionales es el último paso en el control de plagas de insectos. Se basa en los mecanismos fisiológicos y de comunicación química entre insectos, activados por hormonas (ecdisona, hormona juvenil) y feromonas respectivamente. Estos mecanismos inciden directamente sobre el desarrollo del insecto induciendo o inhibiendo mudas o desencadenando un tipo determinado de comportamiento sexual, gregario o de oviposición, estimulado por la liberación de feromonas al medio.
Las feromonas pueden ser usadas como insecticidas biorracionales. Estas moléculas liberadas al medio son capaces de desencadenar una modificación del comportamiento sobre otros miembros de la misma especie, de esta manera se puede diseñar una estrategia de “manipulación” del comportamiento de la plaga. Además su gran especificidad disminuye el impacto ambiental sobre otros organismos, y al tratarse de moléculas naturales, propias del insecto que se pretende controlar, no se desarrolla resistencia.
Otras formas de control de plagas que permitan la preservación del medio ambiente deben ser estudiadas y analizadas. El ser humano actual se encuentra en una encrucijada donde no hay vuelta atrás. Los bosques ya están talados, las selvas ya están deforestadas, los campos ya están sembrados. No se puede cambiar el pasado, ni predecir el futuro, pero, si realmente nos consideramos merecedores de nuestro calificativo de Homo sapiens, tendremos que ser capaces de vivir el presente con la sabiduría que nos aportan dos millones de años de evolución para construir un futuro en equilibrio con el planeta que nos dio la vida.
Autor de este artículo: Mª Milagro Coca Abia. Centro de Investigación y Tecnología Agroalimentaria de Aragón (CITA) Unidad de Sanidad Vegetal
Referencias bibliográficas:
- Barrientos, J.A. 1997. ¿De perseguidos a protegidos?. Claroscuros de la vida de los artrópodos sobre la faz de la Tierra. Bol. S.E.A. 20: 65-68. Rey, J.1976. Gestión sobre plagas en Entomología. Graellsia, 32: 279-306.
- Selfa, J. & Anento, J.L. 1997. Plagas agrícolas y forestales. Bol. S.E.A. 20:75-91.
- Strong, D.R., Lawton, J.H. y Southwood, T.R.E. 1984. Insects on Plants Glackwell. Oxford.
- Price, P.W. 1980. Evolutionary Biology of Parasites. Priceton U. P
- Vives de Quadras, J.M. 1988. Control de plagas de insectos. Problemas y alternativas. En: Insecticidas Biorracionales. Coordinador Xavier Bellés. Consejo Superior de Investigaciones Científicas (Colección Nuevas Tendencias; nº 9), 405 pp.
Fecha Aragón Investiga: 18/02/2008
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